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martes, 2 de agosto de 2016

LA ESPERA TRÁGICA de Eduardo Pavlovsky (1962)



LA ESPERA TRÁGICA de Eduardo Pavlovsky (1962)

Al comenzar la obra y al levantarse el telón, deben estar en escena ÉL y ELLA. Estarán sentados en un sillón colocado a la derecha del escenario. Están en una reunión social. Debe oírse una música muy suave. La sala y lugar de la reunión debe ser un lugar como “cualquiera” de “cualquier” reunión burguesa actual. Los demás personajes que ocupan la escena son invisibles. Los personajes invisibles deben ser 27 -13 hombres y 14 mujeres-. Estos personajes, naturalmente, no se ven. Solo deben verse ÉL y ÉLLA.

ELLA.- Lo estrictamente cierto es que por pura casualidad nos hemos vuelto a encontrar después de tantos años. No tiene idea de la alegría que me da este encuentro.
ÉL.- Es verdad; es verdad, es realmente sorprendente. (Muy distraído) Perdón. (Cuando pide perdón es para saludar continuamente a invitados que están en la reunión. Saluda a alguien cortésmente con una sonrisa y un movimiento de la mano.)
ELLA.- La verdad es que usted no ha cambiado nada.
ÉL (distraídamente).- Sí…
ELLA.- ¿Sí o no?
ÉL.- Sí, No. Digo que sí, que no he cambiado nada o, mejor dicho, que he cambiado. ¿O no? Perdón. (Nuevo saludo de ÉL muy cortésmente a otra persona. En este momento alguien le ofrece una fuente con masas que él toma. Todo esto debe marcarse muy bien con mímica. ÉL hace como que le ofrece.) ¿Prefiere comer o seguir hablando?
ELLA (Como si le hubiera oído).- No me extraña su parecido con mi primo José. José hace veinte años se parecía extraordinariamente a Ud. (Pausa) Ahora diría que Ud. Se parece extraordinariamente a él.
ÉL.- ¿No es lo mismo? (indiferente, come otra masa.) Perdón. (Saluda.)
ELLA.- Podría ser, pero es completamente diferente.
ÉL.- Claro, completamente diferente.
ELLA.- En ese caso…
ÉL.- En ese caso… (Repite muy distraído)
ELLA.- ¿En qué caso? (Vivaz.)
ÉL.- No, todavía estoy soltero, semejante paso todavía no me animo a dar. (Se ríe.) Perdón. (Come otra masa y se llena la boca.)
ELLA.- Pero mi primo José se casó y tiene dos hijos. Se llaman Ruperto y Aníbal. (En este momento él se levanta a buscar algo para tomar. Da unos pasos y choca con alguna de las parejas invisibles que deben estar bailando. Se debe disculpar exageradamente con gestos y modales adecuados. Se sienta otra vez.) Aníbal es muy atractivo, casi diría sorprendentemente atractivo, muy inteligente. Hubiera sido el mejor ingeniero del barrio de no haberlo aplazado la maestra de 1° inferior. Fue abanderado del colegio. Recuerdo con qué amor su madre le lustraba los botines en los días de fiesta.
ÉL.- Los tengo desprendidos. (Se los ata.) Perdón.
ELLA (Extrañada).- ¿Qué es lo que tiene desprendido?
ÉL.- Ya nada.
ELLA.- ¿Nada tiene desprendido?
ÉL (Confundido).- ¿Debería tener acaso?
ELLA (Atrevida).- Es que ustedes los franceses… son tan distraídos.
ÉL (ruborizándose).- ¡Oh, perdón! Es que estoy solo y no sé coser bien.
ELLA.- Debería haberme pedido a mí. Yo sí sé coser. O a mi tía Eustaquia, o a Josefina o a Ramira.
ÉL.- No las conozco bien. No sé…
ELLA.- No se preocupe, yo tampoco… Pero me han dicho que son buenas y que… (De repente se queda como sorprendida mirando fijamente a uno de los personajes invisibles). ¡Oh, increíble! Estaba recién hablando de Tía Eustaquia y esa señora que está allí es completamente diferente de ella.
ÉL.- Que casualidad. Yo tampoco lo había notado. (Debe haber una pequeña pausa y ÉL debe hacer un cierto gesto de dolor.)
ELLA.- ¿Qué le pasa?
ÉL.-Nada, tengo colitis.
ELLA.- En ese caso debería tratarse.
ÉL.- ¿Y en otro caso?
ELLA.- ¿Qué otro caso?
ÉL (Muy entusiasmado).-El caso del cuarto amarillo. ¿No leyó en el diario? (Come otra masa, se llena la boca y no puede hablar)
ELLA.-Mejor que trague. (Le mete los dedos en la boca para empujar la masa.)
ÉL (tragando con gran esfuerzo).-Gracias. ¿De qué estaba hablando?
ELLA.- ¿De qué estaba hablando?
ÉL.- ¿No lo recuerda?
ELLA.-Ah, sí, ahora recuerdo. Le estaba contando del cumpleaños de mi tía Eustaquia. Ayer festejó sus doce años y con motivo de su casamiento el padre le regaló un hijo. Fue una ceremonia muy linda. Todos los niños estaban vestidos de blanco.
ÉL.- ¡Qué barbaridad!
ELLA.-Con lo caro que está actualmente el blanco. ¿Leyó el diario? Aumentó quince pesos el kilo.
ÉL.- A mí no me preocupa porque estoy a régimen. (Come otras dos masas rápidamente.)
ELLA (Lo mira enternecida).- Es realmente usted un hombre interesante. Jamás olvidaré esta inolvidable velada…
ÉL.- Yo tampoco la olvidaré.
ELLA.- De nada.
ÉL.- Gracias. (Silencio. Deben comer rápidamente sándwiches –pueden ser masas- al mismo tiempo y al mismo ritmo. El ritmo debiera ser desparejo: una vez rápidamente, dos veces lentamente. Luego deben comenzar a hablar al mismo tiempo y a decir lo mismo).
ELLA Y ÉL.- Según las condiciones meteorológicas mañana será nublado en la mitad izquierda del país, no así en la derecha.
ELLA. - ¡Oh!, perdón. Dijimos lo mismo. (Coqueta)
ÉL.- No era lo mismo. Usted dijo que según las condiciones meteorológicas mañana será nublado en la mitad izquierda del país, no así en la derecha, y yo dije que las condiciones meteorológicas indican que será nublado en la mitad derecha, y no en la izquierda.
ELLA.- Ojalá tenga usted razón.
ÉL.- ¿Por qué?
ELLA.- Porque mañana debo concurrir a un pic-nic en la mitad izquierda y no tengo impermeable.
ÉL.- ¡Ah!
ELLA.- Gracias.
(En este momento debe aparecer en escena como saliendo de entre los invitados, un hombre de bigotes, con rasgos muy masculinos y anchos hombros. Preferentemente corpulento.)
ÉL.- ¡Oh, qué emoción! Mi maestra de primero inferior. ¡Señora Eustaquia! ¿No me recuerda? Soy Jorge Ottis, el mejor alumno de su primer grado inferior B, el que le llevaba una manzana con gusanos gordos los martes a las 7 y 10.
EL DESCONOCIDO.- ¡Oh! Perdón. Usted me confunde. Jamás fui maestra de ningún primer grado inferior B.
ÉL.- ¡Oh! Disculpe. Es asombrosamente parecido.
ELLA.- ¿A quién? ¿A mi tía?
EL DESCONOCIDO.- Solo fui maestra de primero inferior A-.
(Se siente entre los dos quedando los tres muy apretados. Hay espacio en el sillón como para que se sienten cómodamente. Están apretadísimos. Se mueven oscilando como si estuviesen en un colectivo).
ELLA.- Ya no se puede viajar así.
EL DESCONOCIDO.- Yo por eso siempre viajo en taxi.
ÉL.- ¡Oh! Perdón, señorita. (Silencio)
ELLA.- Papá es gerente de una fábrica.
EL DESCONOCIDO.- Papá no es gerente de una fábrica.
ÉL.- Mamá es gerente de una fábrica y no le gusta el jamón cocido. (Silencio de unos cinco segundos.)
ELLA.- Todos los árboles son vegetales.
EL DESCONOCIDO (se levanta indignado).- ¡Mentira!
ÉL.- ¡Oh!, perdón
(EL DESCONOCIDO se vuelve a sentar y le pisa el pie a ELLA, que grita.)
ELLA.- ¡Ay! ¡Ay!
ÉL.- ¿Qué le pasa? ¿Le duelen los pies?
EL DESCONOCIDO.- Lo lamento sinceramente, pero no lo puedo remediar, siempre los jueves me pasa lo mismo.
ELLA.- ¿Qué le pasa? ¿Pisa a la gente?
EL DESCONOCIDO.- ¿Qué hora es?
ÉL.- Hace media hora que son las tres y media.
ELLA.- A mí me duelen los pies.
ÉL.- ¿Con la humedad?
ELLA.- No, con los pisotones.
(Debe establecerse un diálogo rapidísimo entre los dos. EL DESCONOCIDO está entre ellos y no habla, mira hacia adelante con la vista perdida- Para hablar, tanto ÉL como ELLA deben esforzarse para poder verse, pues el perfil de EL DESCONOCIDO los tapa.)
ELLA.- Tiene usted aspecto de vigilante.
ÉL.- Lo era, pero renuncié hace un rato. No me gustan los calcetines rojos.
ELLA.- Mi madre también.
ÉL.- ¿Era vigilante?
ELLA.- No, no le gustaban los calcetines rojos.
ÉL.- ¡Ah!
ELLA.- ¡Ah!
EL DESCONOCIDO.- ¡Ah!
(ELLA y ÉL deben mirar a EL DESCONOCIDO como extrañados.)
ÉL.- ¿habló usted?
ELLA.- ¿Habló usted?
EL DESCONOCIDO.- ¿Habló usted?
ELLA.- Diga algo usted.
EL DESCONOCIDO.- Diga algo usted.
ÉL.- Algo.
ELLA.- ¿Yo?
EL DESCONOCIDO.- ¿Yo?
ÉL.- ¿Yo?
ELLA.- ¿Mi?
ÉL.- ¡Viva la patria!
(Deben aplaudir los tres durante tres segundos, volviendo a la posición habitual)
ELLA.- No puedo hablar.
EL DESCONODICO.- Yo sí puedo hablar.
ÉL.- ¿Y por qué no habla?
ELLA.- ¿Y por qué no habla?
EL DESCONOCIDO.- No puedo hablar.
ÉL.- Yo sí puedo hablar.
ELLA.- Yo sí puedo hablar.
EL DESCONOCIDO.- ¿Y por qué no habla?
ÉL.- No puedo hablar.
ELLA:- Todos los hombres son iguales.
EL DESCONOCIDO.- ¿Todos los hombres?
ÉL.- ¿Son iguales?
ELLA.- Estoy angustiado. Estoy sofocada.
EL DESCONOCIDO.- Al revés.
ÉL.- Al derecho.
(Silencio. Deben beber los tras al mismo tiempo en forma rítmica)
LOS TRES.- Realice en forma sistemática las diversas tareas que se le presenten ineludiblemente todas las mañanas. No las deje amontonar ni las descuide. Yo dije que los objetos de metal, cobre, bronce, lámparas y platería, también deben ser agrupados para su limpieza ¿qué se yo?
ELLA.- Los que dije yo, ¿o no?
ÉL.- ¿Qué dijo usted?
ELLA (muy contenta).- El planchado bien organizado toma menos tiempo que si se lo realiza sin un plan establecido.
EL DESCONOCIDO.- Eso no se oyó. Se oyó lo que dije yo.
ELLA Y ÉL.- (asombradísimos).- ¿Y qué dijo usted?
EL DESCONOCIDO.- Nada.
ELLA.- ¿No se oyó nada?
EL DESCONOCIDO.- No, se oyó nada.
ÉL.- ¿Se oyó algo?
ELLA.- No se oyó nada. (Pausa) Estoy angustiada.
EL DESCONOCIDO.- Deberíamos preguntar.
ÉL.- ¿A quién?
(En estos momentos debe entrar una señora de unos sesenta años con un gato de juguete. Irá vestida de muy mal gusto con un sombrero muy llamativo.)
ELLA.- Pregúntele a ese señor.
EL DESCONOCIDO.- Señor, ¿Oyó algo?
LA SEÑORA.- ¿Qué?
ÉL.- Lo que hablábamos.
LA SEÑORA.- Perfectamente, justamente me llamó poderosamente la atención que hablasen de política. Es tan peligroso.
(Se sienta a la derecha de ELLA. Están los cuatro muy apretados)
EL DESCONOCIDO.- ¿Qué se oyó?
LA SEÑORA.- Lo de Fidel Castro.
ELLA (Asombradísima).- ¿Fidel Castro?
ÉL.- ¿Fidel castro?
EL DESCONOCIDO.- ¿Fidel Castro?
LA SEÑORA (Asombradísima).- ¿Fidel Castro? Ah, sí, lo recuerdo perfectamente. Ustedes dijeron al mismo tiempo: Fidel Castro es un barbudo.
ELLA.- ¡Oh!
ÉL.- ¡Oh!
EL DESCONOCIDO.- ¡Oh!
LA SEÑORA.- O, pero sin hache.
ÉL.- Mentira, yo no dije eso.
ELLA.- Yo tampoco
EL DESCONOCIDO.- Yo también
ÉL.- Yo dije que Fidel Castro era rojo.
ELLA.- Yo dije que Fidel Castro era amarillo.
EL DESCONOCIDO.- Yo dije que Fidel Castro era verde.
ELLA.- Ah, pero entonces fue usted.
LA SEÑORA.- Sí, fui yo.
EL DESCONOCIDO.- Claro que fui yo.
ÉL.- Debería darles vergüenza.
LA SEÑORA.- Les voy a contar un cuento. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
EL DESCONOCIDO.- Increíble.
ELLA.- Increíble.
ÉL.- Creíble
LA SEÑORA.- ¿Otro cuento?
EL DESCONOCIDO.- Sí, sí, por favor. (Entusiasmado)
ELLA (Entusiasmada).- Sí, sí, por favor.
ÉL.- no, no por favor.
LA SEÑORA.- como quieran: clasifíquenlas, agrúpenlas por categorías y decidan el día que más les conviene dedicarse a ellas.
ELLA.- ¿A nosotros?
EL DESCONOCIDO.- ¿A nosotros?
ÉL.- A mí.
LA SEÑORA.- No, a mamá, a mi hermana menor, y a mi primo Jorge que ayer no se operó de apendicitis.
EL DESCONOCIDO.- Qué casualidad! No lo conozco (Pausa)
¡Cómo habrá sufrido!
ÉL.- Yo también.
LA SEÑORA.- También se llama José.
EL DESCONOCIDO.- ¿Fuma usted?
LA SEÑORA.- No, todavía no. Prefiero chupete. (Saca un enorme chupete que se pone en la boca y dice en voz alta, tomando el chupete con la mano izquierda) Ser o no ser. Vamos Lucrecia. (Se lleva el gato. Al retirarse debe hacer que se roza con los invitados que están bailando y hace algunos saludos).
EL DESCONOCIDO.- ¿Por qué se fue?
ELLA.- No se fue.
ÉL.- ¿No se fue?
EL DESCONOCIDO.- Si se fue.
ELLA.- ¿Qué es fue?
ÉL.- ¿Fue-fue-fue? En mis treinta años nunca pensé en la palabra fue. Es bonita. ¿Eh? Efe –u –e. Efe-u-e.
ELLA.- ¿Cómo efe-u-e? ¿Efe-u-e? ¿Cómo? Que angustia. Estoy sofocada. Nunca imaginé que se pudiera pensar tanto en las letras que forman las palabras. Si yo digo fideo, no pienso en efe-i-de-e-o, pienso en la comida fideos, no en las letras.
EL DESCONOCIDO (aislado).- A mí también me gusta la sopa de letras.
ÉL.- Yo estoy a régimen, por eso pienso en las letras y no en la comida. Así, cuando tengo ganas de comer una torta de frutillas no pienso en una torta de frutillas sino en las letras. Así como las letras y no engordo. Es por prescripción médica.
ELLA.- ¡Qué horror!
EL DESCONOCIDO.- ¡Qué horror! Comerse una prescripción médica.
ÉL.- Debe usted ir a visitarlo. Es el mejor dietista de todo el país.
ELLA.- ¿Quién, su médico? ¿Qué dirección tiene?
ÉL.- Ya es tarde.
ELLA.- ¿Tarde?
EL DESCONOCIDO.- ¿Tarde? Me voy. (Intenta pararse y ÉL lo detiene tomándole del brazo).
ÉL.-No, no se vaya usted, mi buen sombrero, digo que es tarde para ver a mi médico. (Conmovido) Murió pasado mañana en un accidente. Un tren atropelló su auto. Menos mal que él pudo saltar a tiempo y salvarse.
ELLA.- Pobre.
EL DESCONOCIDO.- Rico.
(Los tres deben comer al mismo tiempo y tomar rítmicamente. De pronto los tres deben decir al mismo tiempo lo que sigue)
LOS TRES.- Hay mucha gente, ¿no? (En tono debe ser muy logrado, deben tratar de no superponerse hablando).
LOS TRES.- ¡Qué casualidad, qué casualidad! (Pausa)
LOS TRES.- ¿Quién habla, usted o yo? (EL DESCONOCIDO, que debe estar en el medio, no debe mirarlos, debe mirar hacia adelante. ÉL y ELLA se deben mirar extrañados. Están confusos.)
LOS TRAS.- Cállense (pausa) quiero decirles una cosa. Por favor. Escúchenme. No puedo más. ¿Quién habla? (EL DESCONOCIDO debe estornudar tres veces seguidas).
LOS TRES.- Salud.
LOS TRES.- Gracias-
LOS TRES.- Este chaleco es una de las prendas más indispensables para vestir bien.
LOS TRES.- Si no me escuchan a mí me voy. Estoy harto de oír hablar a ustedes dos. (Pausa. Deben comer los tres rítmicamente).
LOS TRES.- Oigan, ¿Me dejan hablar a mí?
LOS TRES.- ¿A usted?
LOS TRES- Sí, a mí.
LOS TRES.- Bueno, hable.
LOS TRES.- Gracias, muy amable. Sabía que terminaríamos por entendernos. Con gente civilizada no puede ocurrir otra cosa.
LOS TRES.- Gracias por lo de gente civilizada.
LOS TRES.- De nada. (Los tres deben bostezar y en pleno bostezo los debe interrumpir una explosión. Temblarán como si el piso se les moviera)
ELLA.- ¿Qué fue eso?
ÉL.- Qué mal chiste, señorita. Esos chistes no se deben hacer nunca en reuniones sociales.
EL DESCONOCIDO.- ¿Fue un chiste o una bomba?
ÉL.- ¿Y no es lo mismo? No le da vergüenza hacerse la desentendida (indignado) ¡Quién iba a suponer que usted era anarquista!
ELLA.- Yo no puse ninguna bomba.
EL DESCONOCIDO.- ¿De crema?
ÉL.-Es lo mismo. De todos modos esas cosas no se deben hacer. Por lo menos nos debía haber prevenido.
EL DESCONOCIDO.- La política debe dejarse a un lado, totalmente a un lado.
ÉL.- ¿De qué lado?
EL DESCONOCIDO.- A la derecha, a unos treinta metros de la estación.
ELLA.- Ustedes no me hubieran entendido jamás. (Con tono melancólico) Por eso no les avisé. Jamás hubieran aceptado ser amigos míos si yo les hubiera dicho la verdad.
ÉL Y EL DESCONOCIDO.- (Sentenciosos) La verdad es siempre la verdad.
ELLA.- Lamentablemente la vida es así, cuesta mucho hablar y ser escuchada. Algo pasa con la gente. ¿Por qué no nos entendemos? ¿Por qué yo no lo entiendo a usted y usted no me entiende a mí? (Con tono amargo)
ÉL.- Porque usted habla francés y yo Ingles.
EL DESCONOCIDO.- Hubieran avisado, yo solo hablo el español. Con razón no entiendo nada.
ELLA.- De todos modos no nos entenderíamos aunque hablásemos el mismo idioma. Algo pasa con la gente. ¿Creen ustedes que se entienden, por ejemplo, todos los que están en esta reunión? En esta amable reunión. Miren esa pareja. (Los tres deben mirar hacia una de las parejas invisibles) ¿Harán algún esfuerzo por entenderse? ¿Por comprenderse?
ÉL.- Yo no puedo hacer esfuerzos porque tengo una hernia inguinal. Me lo prohibió el médico.
EL DESCONOCIDO.- ¿Cuál? ¿El que murió mañana a la mañana?
ÉL.- No, el hermano.
ELLA.- Algo pasa con la gente. Algo pasa con las palabras. Decimos palabras y las palabras no nos unen, nos separan. Las palabras forman puentes que nos separan.
EL DESCONOCIDO.- El puente de Waterloo. Yo vi esa película con mi novio.
ÉL.- Yo también.
EL DESCONOCIDO (celoso).- ¿Con mi novio?
ÉL (con miedo a la reacción de EL DESCONOCIDO).- No, sin mi hermano.
ELLA (Intrigada. Debe hablar como indiferente al diálogo de ellos).- ¿Para qué decimos tantas palabras? ¿Para qué hablamos tanto? Mejor no hablar. Solo se puede hablar si podemos comunicarnos hablando, de lo contrario mejor es callar. No nos entendemos.
EL DESCONOCIDO (Conmovido y mirándola).- No se preocupe, este año comienza un curso acelerado de francés y creo que al finalizar vamos a poder entendernos.
ÉL.- Yo también estudiaré francés (con ternura) Es muy lindo idioma.
ELLA.- Gracias, muchas gracias, amigos míos. No saben cuánto se los agradezco. Da alegría ver que todavía hay gente buena como ustedes. Pero me temo que ya sea demasiado tarde.
EL DESCONOCIDO.- Cierto. Me voy a tener que ir yendo.
ÉL (deteniéndolo).- ¿Adónde?
EL DESCONOCIDO.- No lo sé, pero hace un rato lo sabía.
(ELLA queda pensativa, mientras ÉL y EL DESCONOCIDO dialogan. Da la impresión de que empiezan a entenderse por momentos)
ÉL.- ¿No tiene casa?
EL DESCONOCIDO.- Nunca tuve.
ÉL.- ¿Y dónde va a dormir?
EL DESCONOCIDO.- No duermo.
ÉL (absorto).- Y si se cae.
EL DESCONOCIDO.- Me levanto.
ÉL.- ¿Y si se vuelve a caer?
EL DESCONOCIDO.- Entonces no me levanto.
ÉL.- ¿Y qué hace?
EL DESCONOCIDO.- Duermo. Son las mejores siestas.
ÉL.- ¡Cómo se aprende en la universidad!
EL DESCONOCIDO (muy serio).- No, disculpe. Eso no lo aprendí en la universidad; eso me lo enseño la vida.
ELLA (súbitamente).- ¿La vida misma? ¿Usted cree que la vida enseña algo?
EL DESCONOCIDO.- Estoy convencido.
ELLA.- ¿Qué enseña? (ÉL debe comenzar a preocuparse por el diálogo, a dejar el tono indiferente del comienzo)
EL DESCONOCIDO.- Enseña a sufrir y a gozar, por ejemplo.
ÉL.- ¿Enseña a sufrir?
ELLA.- ¿Usted cree que se puede aprender a sufrir?
EL DESCONOCIDO.- Estoy convencido que sí. (En este momento deben estar más separados que al comienzo.)
ÉL.- ¿Cómo?
EL DESCONOCIDO: Después de veinte años de sufrimientos diarios uno aprende a sufrir. Hay diversos grados de sufrimientos. El que ha sufrido mucho los conoce como la palma de la mano (muestra la palma). A mí me costó mucho aprenderlo. Pero a fuerza de voluntad lo logré.
ÉL.- ¿Y de qué le sirvió todo eso?
EL DESCONOCIDO.- ¡Oh! ¡Inmensamente!. Todos sufrimos, pero no todos sabemos sufrir. Yo al principio lloraba. Ahora el sufrimiento es un gran amigo mío.
ÉL.- También, después de veinte años se habrán hecho íntimos.
EL DESCONOCIDO.- Fuimos al colegio juntos. Somos más que íntimos, a veces nos confundimos, no sé si es el sufrimiento, soy yo, o es él.
ÉL.- Debe ser desagradable. Sobre todo cuando se tiene hambre.
EL DESCONOCIDO.- No, el sufrimiento no come como nosotros. Él se alimenta de nosotros mismos.
ÉL.- Con razón está usted tan demacrado.
EL DESCONOCIDO.- ¿Se nota?
ELLA.- Tengo la impresión de que ya no es necesario que aprendan francés para que nos comprendamos.
EL DESCONOCIDO (conmovido) ¿Le parece?
ELLA.- No es el idioma ni las palabras lo que hace que nos comprendamos. Es el sufrimiento lo que nos hace unir.
EL DESCONOCIDO.- Es verdad, ya ve usted que es un buen amigo.
ÉL (distraído).- Fueron al colegio juntos… ¿Me lo presenta? Yo no lo conozco.
ELLA Y EL DECONOCIDO.- Se nota que no lo conoce.
(De repente deben entrar en escena dos vigilantes. Al entrar deben hacer como que caminan con mucha dificultad entre la gente que está en la reunión. Esto debe ser hecho con mucha mímica. Uno de ellos se acerca al grupo por detrás del sillón. El otro debe permanecer más alejado. El primer vigilante se debe colocar detrás de ÉL. Tanto ÉL como ELLA y EL DESCONOCIDO, no deben mirar hacia atrás)
VIGILANTE 1.-Entregáte, Jorge Ottis. Sabemos que sos responsable del atentado. (ÉL se va a levantar, pero todo queda en un primer movimiento. Tanto el vigilante 1 como el 2 súbitamente se dirigen hacia ELLA)
(ELLA debe levantarse como resignada y ser llevada por detrás del sillón por ambos vigilantes. Deben otra vez eludir a los invitados. EL y EL DESCONOCIDO deben mirar la escena asombradísimos, luego se encuentran con la mirada.)
ÉL.- ¡Qué confusión! Hasta hace un momento creí que yo me llamaba Jorge Ottis.
EL DESCONOCIDO.- No, no puede ser.
ÉL.- ¿Por qué?
EL DESCONOCIDO.- Porque yo me llamo Jorge Ottis.

TELÓN RÁPIDO

sábado, 14 de mayo de 2016

PAPÁ QUERIDO AIDA BORTNIK En teatro Abierto 1981



PAPÁ QUERIDO
AIDA BORTNIK
En teatro Abierto 1981

REPARTO
Electra -------------------------Beatriz Matar
Carlos---------------------------Arturo Bonin
Clara-----------------------------Mirtha Busnelli
José------------------------------Miguel Terni

ASISTENTE
Silvia Kalfaian
MÚSICO
Rolando Mañanes
DIRECTOR
Luis Agustoni




Una cama chica, antigua, barata, desvencijada, prolijamente tendida. Un ropero chico, antiguo y desvencijado. Un escritorio absurdo: por un lado con paratas impresionantes, por el otro sostenido con ladrillos y libros. Libros por el suelo. Revistas y diarios apilados. Un fichero de oficina. Sobre el escritorio una máquina de escribir muy, muy antigua.
Clara está doblando y apilando la ropa que estaba suelta con enorme cuidado y con evidente práctica.
Carlos está revisando el escritorio, pero como entreteniéndose con cualquier cosa, como si tuviera miedo de profundizar la investigación.
Electra revisa los libros, mira los subrayados y las anotaciones. Sonríe de pronto.

CARLOS.- ¡Viejo e mierda!
Las dos se dan vuelta a mirarlo, sorprendidas. Electra ha oído perfectamente, pero Clara no está segura. Se miran entre sí. Carlos se levanta y se pasea, con las manos en los bolsillos y comienza un silbidito. Se encuentra con la mirada reprobatoria de Clara. Se calla.
Clara abre con enorme cuidado el ropero. Parece sorprendida. Avanza un paso y hunde la nariz entre la ropa colgada. Se vuelve a ellos.
CLARA.- La ropa…tiene su olor…El mismo olor que cuando me llevaba en brazos…
Los otros dos la miran. Pausa.
CARLOS (Riéndose de pronto).- ¡Viejo e mierda!
CLARA.- Por favor… le pido por favor… no me gustan esas cosas…No sé qué relación tendría usted con él… pero yo lo quería mucho…
CARLOS.- ¡Era un viejo de mierda! (Extiende los brazos como para pararla) No hablo de tu papito, el que te llevaba en brazos… hablo del mío… ¿O.K.?
CLARA.- Pero si es lo mismo…
CARLOS.- No es lo mismo… no es lo mismo…
ELECTRA.- ¿No podrías dejar de molestarla?
CARLOS (la mira un momento. Sonríe).-Voy a tratar…
Pausa. Las dos mujeres reinician su tarea.
CARLOS.- ¿Cuántos más aparecerán?...
ELECTRA.- ¿Cuántos más?
CARLOS.- Hijos… cuántos otros hermanitos nos aparecerán, digo… ¿vos tenés idea de cuántos somos?...
ELECTRA.- No.
CARLOS.- Algún número entre 10 y 100, seguro… (Se ríe) y debemos tener hermanitos coloreados, también… porque el viejo viajaba. Era lo que más hacía, además de preñar minas…
CLARA.- ¡Por favor!
CARLOS.- Bueno, tenemos una hermanita puritana…
ELECTRA.- Decíme, ¿vos para qué viniste?
CARLOS (se queda quito. Sorprendido. Intenta una de sus risitas).- ¡Buena pregunta! Ves, ¡esa sí que es una buena pregunta! Pero cierto que vos sos periodista, ¿no? Como tu papito… Te puso bien el sello, el viejo ¿eh? Por algo te puso Electra… ¡Mirá que se necesita ser degenerado para ponerle Electra a la hija!...
ELECTRA.- Y a vos ¿cómo te puso?
CARLOS (Se encoje de hombros. Molesto).-Carlos.
ELECTRA.- ¡Vamos!... Carlos y ¿qué más?...
CARLOS (sonrisita).- Germinal, naturalmente, ¿qué querías que me pusiera el viejo con sus ideas?
ELECTRA.-Y firmás Carlos G…
CARLOS.- No, si querés me pongo un cartel en la frente que diga que mi papito era muy revolucionario…
CLARA (Principista).- No es ninguna vergüenza…
CARLOS.- ¿No?
CLARA.- Yo estoy orgullosa de él…
CARLOS.- Sí, sí…Se te nota…Les tendría que haber puesto Electra a todas…
Carlos se pasea. Se enfrenta al fichero. Lo abre. Lo observa al descuido, Electra lo observa.
ELECTRA.- No había visto ese fichero… ¿Qué hay?
CARLOS (se encoje de hombros).-Supongo que estaremos nosotros…Los 100 hijos quiero decir…Para acordarse… (Las mira. Se le ocurre de pronto) ¿A ustedes también les escribía?...
ELECTRA.- Siempre…
CLARA.- Yo guardo todas sus cartas…
CARLOS (curioso).- Una vez por semana hasta los 18 años…
¿Una vez por mes desde los 18?
CLARA (asombrada).- ¿A usted también?
CARLOS (se ríe).- ¡Qué idiota! ¡Mirá si seré idiota! Recién se me ocurre, ¡Claro!...Nos debía escribir a todos… Esas cartas largas y llenas de moralina barata…
CLARA.-Escribía cartas preciosas…
CARLOS.- Mirálo qué organizado, el viejo… ¡miralo qué organizado!
ELECTRA.- Vos creías que eras hijo único, hasta que llegaste aquí…
CARLOS.- Mirá hermanita…
ELECTRA.- Y después quisiste creer que por lo menos, eras el único varón, por eso lo trataste tan mal a ese pobre… Y ahora te enterás de que tampoco eras el único al que le escribía…
CARLOS.- ¡Vamos! Si hace años, ¿me entendés? ¿Me oís bien? Años… casi 10 años que no le contestaba…
ELECTRA.- Y él te seguía escribiendo…
CARLOS (se encoge de hombros).- Si le daba lo mismo… ¿Acaso me escribía a mí? ¡Le escribía a la posteridad, hermanita! (se ilumina) ¿Y sabés qué? ¿Sabés qué creo? Debía escribir con carbónico… No. Qué carbónico… debía tener una fotocopiadora… Nos debía mandar la misma carta a todos… No hay fotocopiadora por acá… Busquemos, hermanitas, busquemos… yo les apuesto que encontramos una fotocopiadora…
CLARA.- ¿Por qué dice todo eso? A mí me escribiría sobre mis cosas… Eran cartas… completamente personales…
CARLOS.- ¡Vamos! ¿Y no te citaba a los grandes pensadores de la humanidad? ¿No te hablaba de la libertad del hombre… No te decía de la independencia del espíritu era el orden natural y debía oponerse al yugo del Estado?...
CLARA.- Siempre tuvo sus ideas, pero a mí hasta me preguntaba por el perro… por Caos… a mí me regaló un perrito…
CARLOS (riéndose).- ¿Y le puso Caos?
CLARA (temiendo preguntar).- ¿A mí me lo regaló cuando cumplí 6 años?...
ELECTRA.- A mí nunca me regaló un perro…
CARLOS (riéndose todavía).- Ah, no… no te preocupes… a mí tampoco, a mí tampoco… Debíamos entrar en distintas clasificaciones… Por ahí hubo 10 a los que le regalaba un perro, 10 a los que le regalaba un microscopio…
ELECTRA.- A mí nunca me regaló un microscopio…
CARLOS.- No, dejáme que lo piense… A vos te regaló biografías de grandes revolucionarios… seguro…
ELECTRA.- ¿Y qué?
CARLOS (Sorprendido a pesar suyo).- ¡Pero te das cuenta, el viejo e mierda!
ELECTRA.- ¡Acabála!
CARLOS.- No, pero oíme, oíme… Vos sos inteligente… ¿No te das cuenta? A ella un perrito… a esta tierna ama de casa… a mí un microscopio y soy médico… Y a vos… ¿entendés? Nos programó, ¡ese viejo de mierda! ¡Nos programó!
ELECTRA.- ¿No es lo que hacen todos los padres con sus hijos?
CARLOS.- ¿Y vos te creés que a todos le sale tan perfecto?
ELECTRA.- Todos no son tan inteligentes como para apostar a lo que realmente somos…
CARLOS.- Ah, sí, eso es cierto: ¡él era muy inteligente!... ¡Muy inteligente! ¡Mirá para lo que le sirvió!
ELECTRA.- ¿Vos querés decir que no tenía plata?
CLARA.- A él no le importaba la plata…
CARLOS.-Vamos. Electrita… que una cosa en no tener plata… y otra terminar en este pueblucho miserable, solo como un perro… y pegándose un tiro en la cabeza…
CLARA.- El señor que me llamó a mí… dijo que podía haber sido un accidente…
CARLOS.- ¿Y vos se lo creíste?
CLARA (le cuesta).- No… porque si dejó dicho a quiénes había que llamar… si dicen que dejó escrito… (Pausa) pero si estaba tan enfermo… a él no le gustaba tener que depender de nadie… Dicen que apenas podía caminar… Y a él le gustaba tanto caminar… (Pausa) Yo iba a venir… tantas veces estuve por venir… Y siempre pasaba algo… Y él, cada tanto, decía que a lo mejor se hacía un viaje y nos visitaba… Nunca me voy a perdonar… nunca me voy a perdonar no haber venido…
Pausa.
ELECTRA.- Tenía muchos amigos, aquí… Jugaba al ajedrez, jugaba al truco… No debía estar muy solo…
CLARA.- No, si él se hacía querer… El señor que me llamó a mí… lloraba… apenas podía hablar de lo mucho que lloraba…
Pausa.
Carlos cierra de un golpe el cajón que había abierto en el fichero.
CARLOS.- Bueno, ha sido una experiencia realmente interesante… encontrarse con unas hermanitas como ustedes… y seguramente todavía se va a poner más interesante cuando lleguen los otros noventa y seis… pero yo me voy…
CLARA.- ¿Pero no va a esperar el velatorio, el entierro?...
CARLOS.- La policía puede entregar el cadáver recién mañana… y yo tengo mucho que hacer…
CLARA.- Pero lo tiene que esperar a José… él va a traer… ese señor dijo que le iba a dar también algo que había dejado para los hijos…
CARLOS (risita).- La herencia… se la pueden repartir ustedes… bah… ustedes y los otros… yo no quiero nada… pueden quedarse con mi uno por ciento… no voy a reclamar…
ELECTRA.- A lo mejor no somos más que nosotros cuatro…
CARLOS.- No te hagas ilusiones, Electrita…
ELECTRA.- Te da lo mismo, ¿no es cierto? Cuatro o cien…
No le podés perdonar no haber sido el único…
CARLOS.- Hacéme el favor… no me gusta el psicoanálisis caro, imagináte el regalado… Hace muchos años que no me importa nada de ese viejo de mierda…
ELECTRA (grita casi).- ¿Y entonces por qué viniste?
CARLOS.- ¡Y a vos qué te importa! ¿Quién te conoce? ¡Por qué te tengo que dar explicaciones!
Aparece José con una gran caja. Se detiene, sorprendido por los gritos.
JOSÉ.- ¿Qué pasa?
ELECTRA.- El hermanito médico, que se va…
JOSÉ.- ¿Cómo se va a ir?... Dentro de dos horas lo llevan a la funeraria… ya arreglé todo… Y aquí está esto que dejó para nosotros… (Sonríe) Pesa un poco… Bueno, no tanto, pero como vine casi corriendo… Vieran la cantidad de gente que está esperando… Es impresionante… Todo el pueblo, prácticamente…
ELECTRA.- Yo sabía…
CARLOS.- Un demagogo… eso es lo que era…
Clara se acerca a la caja. La mira con cuidado. Se agacha y lee:
CLARA.- Para entregar a mis hijos. (Se incorpora. Los mira)
ELECTRA.- Bueno, hay que abrirlo…
CARLOS (sonriente).- ¿Sin esperar a los otros?
JOSÉ.- ¿Qué otros?
ELECTRA.- Él me dice que debe haber más…
JOSÉ (No entiende).- ¿Más qué? No… el señor dijo que esto era todo lo que había dejado…
CARLOS.- Más hermanos… más hijos de tu papito, digo… ¿por qué creés que no vamos a ser nada más que nosotros cuatro? ¿Por qué no 20 o 65 o 100?
JOSÉ (Sonrisa sorprendida).- Bueno, cien no creo, no… Pero tiene razón… por ahí… somos más… Y bueno, yo, como ustedes quieran… Yo, por mí, claro… espero… Si les parece, esperamos a que llegue alguien más… (Los mira a todos) Es emocionante, ¿eh? Lástima que él no esté… ¡Cómo le gustaría vernos juntos! (se pasea un poco) Mirá la cantidad de libros… (Advierte) No son para nosotros los libros ¿eh? Bah, el señor dijo que si nos queríamos llevar alguno en especial… de recuerdo… pero que dejó todo para la biblioteca… y las revistas…. Y su fichero… todo esto lo dejó para la gente de aquí… Lo nuestro está ahí… (Se acerca a la máquina) Miren la máquina… ¡qué vejestorio!... No la quería cambiar, ¿eh? ¡Estaba encariñado con su máquina! Saltaba la R… y las mayúsculas siempre las marcaba fuera de la línea…
CARLOS.- ¿A vos también te escribía seguido?...
JOSÉ.- Siempre… me escribió siempre… Lindas cartas escribía, ¿no? Era un viejo bastante extraordinario… Mis hermanos me lo envidiaban un poco…
(Electra ha ido acercándose a la caja. Finalmente está arrodillada al lado)
ELECTRA.- Yo quiero abrirlo…
CLARA.- Pero a lo mejor… él tiene razón… y después alguien se ofende.
ELECTRA.- Yo quiero abrirlo… No nos vamos a quedar con nada de nadie… pero estoy segura de que adentro debe decir cómo repartirlo, para quién es, lo que sea… ¡Abrámoslo!...
CARLOS.- Por mí, hagan lo que quieran…
(Electra comienza a desenvolverlo, ayudada por José. Adentro hay cinco voluminosas carpetas de archivo…)
ELECTRA (Lee en la cubierta de la primera que saca).- Minerva…
CLARA.- Esa soy yo… Clara Minerva…
(José se la alcanza. Clara la mira por fuera. No se atreve a abrirla)
ELECTRA (sigue).- Ateo.
JOSÉ (Sonriente).- Yo… él me quería poner Ateo, no lo dejaron, pero siempre me llamaba  así…
ELECTRA (Tendiéndosela a Carlos).- Germinal…
JOSÉ (Sonriente).- Vos sos Germinal… ¿Y te anotaron así?...
CARLOS.- Sí, me anotaron así…
ELECTRA (Se ha quedado mirando una carpeta).- Esta dice Amanecer… (Se miran. Ella lo aparta. Saca la última). Electra… ésta es para mí…
JOSÉ.- Entonces somos cinco… con amanecer…
CLARA.- ¿Es nombre de mujer o de hombre?
(José se encoje de hombros)
ELECTRA.- Puede ser… cualquiera de los dos…
(Pausa)
JOSÉ (a Electra).- Vos tenías razón, eh? Él lo dejó todo bien organizado.
CLARA.- Me da una impresión abrirla… Pero yo creo que sé qué es…
JOSÉ (Entusiasmado).- A ver… ¿qué? Qué creen ustedes… Esperen, no lo abramos… a ver si adivinamos qué es…
CLARA.- Él estaba escribiendo un libro… ¿Les contó? A mí en las cartas me hablaba del libro…
ELECTRA.- “Las revoluciones en la historia de las sociedades”
CLARA.- Ese…
ELECTRA.- No, no creo que sea eso…
JOSÉ.- Yo creo que son sus poesías…
CARLOS.- Lo que faltaba…
ELECTRA.- No… yo creo que deben ser sus recuerdos… La historia de la familia… El abuelo que fabricaba plata en la cárcel… y el que contrabandeaba caballos… Yo siempre le pedía que juntara todas esas historias en un libro… Yo creo que estaba trabajando en eso, los últimos años…
(Carlos empieza a reírse. Todos lo miran incómodos)
CARLOS.- Grandes obras esperan del papito… todos… todos se creyeron el mito… y yo les digo que no… ¿Saben que hay aquí? ¡Estoy tan seguro, tan seguro!
ELECTRA.- Dejá de reírte, vamos, que no divertís a nadie. ¿Qué es lo que nos dejó, según vos?
CARLOS.- ¿La herencia de nuestro papito?... Son las cartas… Las cartas que nos mandó todos estos años--- otra copia de las mismas cartas… una por una… Esa es la gran obra del viejo: las cartas con las que nos llenó la cabeza y nos jorobó la vida. Sus cartas llenas de grandes palabras y grandes sentimientos… con mucha libertad y conciencia y honor y dignidad y solidaridad y todo su maravilloso vocabulario del siglo pasado… Las cartas exaltadoras que hacían que uno se sintiera heroico y especial solamente por recibirlas… hasta que uno empezaba a sentirse incómodo y después acusado y después un verdadero gusano inmundo porque uno no se merecía toda esa maravilla que era su padre…
CLARA (Desconcertada. Herida).- Yo no me sentía así…
ELECTRA.- Hablá por vos…
JOSÉ.- El viejo no era así… no sacaba copias… ¿cómo iba a sacar copias? Yo, igual, las guardaba todas… A mí me gustaba volver a leerlas.
(Pausa)
(Carlos ha estado desatando la carpeta violenta y febrilmente. Hasta que finalmente lo logra. Tiene una sonrisa crispada y segura que se le borra en cuanto la abre y comienza lentamente a hojearla. Se da vuelta de espaldas a los otros dos. Se queda muy quieto. José y Electra que lo estaban mirando se miran entre sí. Comienzan lentamente a abrir las suyas. Clara ha comenzado al mismo tiempo que Carlos y recién lo logra)
CLARA (Sorprendida. Emocionada. Contenta).- Mis cartas… son mis cartas… Están ordenadas… una sobre otra… sí… desde los dibujos que mandaba mamá… Están todas… guardó todas mis cartas… Yo guardaba las de él… pero las mías eran… no eran como las suyas… y él las guardaba… Nunca me lo hubiera imaginado…
ELECTRA.- Sí, desde la primera, están todas…
JOSÉ.- Nos dejó nuestras cartas… (A Carlos) ¿A vos también? Yo tampoco pensé que las guardaba… ¿Él también las volvería a leer? No creo… nunca tenía tiempo para nada… Pero es, es una idea que debe haber tenido… porque nos quería… para que viéramos que nos quería… (A Electra) ¿No es cierto?
ELECTRA.- Sí.
CLARA.- A mí me hubiera gustado que escribiera un libro… Se lo hubiéramos hecho publicar… pero José tiene razón… ¿No es cierto?
(Pausa. Los cuatro están enfrascados en la lectura de sus cartas. Clara tiene de pronto un estallido de risitas y se tapa la boca)
CLARA (los mira, como disculpándose).- ¡Ay, qué tonta! ¡Una dice cada cosa cuando es chica! Le decía que me iba a casar con él… mi nena mayor le dice eso a mi marido… pero yo no me acordaba…
JOSÉ (La ha estado escuchando con una sonrisa).- Yo le dibujaba historietas… le contaba todo, en historietas… (Se ríe mirando su carpeta). Dibujaba a mi hermana chiquita para que la conociera… (Pausa). Y él me empezó a mandar libros de arte… Debían ser carísimos… (Sonríe) Decía que los expropiaba… (Casi desafiante. De pronto. Mirándolos) Yo también fui expropiado… un tiempo… (Electra lo mira José le sonríe) Hace mucho, ahora soy, casi casi, lo que el viejo llamaría un chancho burgués.
(Siguen pasando las hojas. Electra no se ha detenido en las primeras cartas. Está por el medio de su carpeta cuando la cierra de pronto y se queda mirando al techo. Como si tratara de contener las lágrimas. Carlos respira agitadamente y cierra su carpeta bruscamente. Se da vuelta a mirarlos. Parece haber recibido un golpe. Está herido y desconcertado. Pero sobre todo mucho más furioso que antes)
CARLOS (resoplando y riéndose falsamente).- ¡Linda idea! ¡Preciosa idea! ¡Solamente a él se le podía ocurrir!
(José y Clara lo miran asombrados. Electra prefiere no mirarlo)
CARLOS.- Vos sabés ¿no es cierto? Vos sabés lo que nos hizo…
(Electra se levanta. Busca su saco. Se lo pone)
CARLOS.- ¿No se dan cuenta?
JOSÉ.-Mire, yo no sé qué problema habrá tenido usted con él… pero delante nuestro… no lo insulte…
CLARA.- Yo ya se lo dije…
ELECTRA.- Tendríamos que ir ya… tendríamos que estar allí…
CARLOS.- Vos sabés, ¿no es cierto? ¡Vos sabés por qué lo hizo?
ELECTRA.- ¿Qué vamos a hacer con la carpeta de Amanecer?
CLARA.- Podríamos mirar adentro, la dirección nada más… la última dirección… y mandársela, ¿no? A lo mejor no pudo venir por algo.
JOSÉ (A Carlos).- A mí me gustaría que me contara qué es eso que nos hizo… puede ser que Electra lo entienda… pero yo soy más lento… Me gustaría que me contara…
CARLOS.- Decime, ¿Qué le escribías vos?... ¿Qué le contestabas a esas cartas maravillosas?...
JOSÉ.- Y… le contestaba… lo que sentía…
CARLOS.- Eso, lo que sentías… Cuando eras chico… Y cuando eras un adolescente… y cuando eras un joven… Eso le contestábamos, lo que sentíamos cuando él nos inspiraba tanta admiración y tanto respeto…
JOSÉ.- Yo todavía lo sigo admirando y respetando…
CARLOS.- Pero, ¿qué le prometías en esas cartas?...
ELECTRA.- Dejálo, por favor, para qué haces eso… ¿no podés dejarlos tranquilos?
JOSÉ.- Si usted me está defendiendo de algo, yo se lo agradezco… pero nuestro padre me enseñó que era yo el que tenía que defender a las mujeres… Déjelo que hable, yo también me quiero enterar… ¿Qué le prometía?
CARLOS.- Sí, qué le prometías a él… ¿Y qué te prometías a vos mismo? ¿Cómo apostabas por tu futuro, qué cosas decías que ibas a defender siempre? ¿Qué cosas decías que no ibas a ser nunca?...
CLARA.- ¿Qué tiene de malo lo que uno escribía cuando era chico?
CARLOS (sigue con José).- ¿Te acordás?... ¿Te acordás qué hombre le prometías a ese padre maravilloso?
(José asiente)
CARLOS.- ¿Y sos, ese hombre?
(Pausa)
ELECTRA.- Nadie es ese hombre…
CARLOS.- Tratá de leer esas cartas ahora, tratá de leerlas sin sentirte como un gusano.
JOSÉ.- No tengo por qué sentirme como un gusano…
CARLOS.- ¿No? ¿Nunca dejaste de ser el hombre que creías que ibas a ser cuando tenías 17 años?
ELECTRA.- Nadie es ese hombre…
CARLOS.- ¡Ese viejo de mierda era ese hombre!
ELECTRA.- ¿Eso creías?... ¿Justamente vos?... Claro por eso lo odiás tanto… No, tampoco él… por lo menos no del todo… seguramente tampoco él… Pero a lo mejor ésa era la idea… A lo mejor un día se puso a pensar… en cómo se había traicionado… y quiso advertirnos…
CARLOS.- ¿Advertirnos? Se tendría que haber muerto antes… Yo tengo 45 años…
ELECTRA.- A lo mejor se le ocurrió hace muy poco… A lo mejor se le ocurrió justamente antes de matarse…
JOSÉ (ha estado totalmente abstraído).- Es una herencia rara… ¿no? La verdad que es una herencia rara…
CLARA (Ha estado ojeando su carpeta).- Yo creo que José tenía razón, yo creo que lo hizo porque nos quería… yo creo que quiere decir eso.
ELECTRA.- ¿Por qué no? También quiere decir eso… (Se pone a llorar)
(Pausa)
(Sin moverse de su sitio la luz baja o cambia. Comienzan y terminan a coro, el texto que recitan entre todos alternadamente: )
“Querido papá: ayer recibí tu carta y estuve pensando toda la noche en lo que me escribiste. Y quiero decirte que tengo tanto orgullo porque sos mi padre, que sé que nunca voy a olvidarme de las promesas que te he hecho, de las promesas que hice sobre mi propia vida: de vos he aprendido que cada uno es responsable por toda la libertad, por toda la solidaridad, por toda la dignidad, por toda la justicia y por toda el amor en el mundo. Y que a esta responsabilidad no se puede renunciar ni durante un solo minuto de nuestra vida y que nadie puede cargarla por nosotros si queremos ser libres… Y yo te prometo, papá, que voy a ser capaz de recordar todo esto hasta que me muera y que nunca, nunca, voy a traicionarte o traicionarme… Lo único que quiero es crecer, crecer rápido, para convertirme en el ser humano que vos me enseñaste a ser, en alguien libre, solidario y orgulloso, que defiende sus ideas y no se inclina ante nadie, en alguien como vos, Papá querido…”
Oscuridad.