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sábado, 12 de marzo de 2011

Milonga de Jacinto Chiclana


Me acuerdo. Fue en Balvanera,

En una noche lejana

Que alguien dejó caer el nombre

De un tal Jacinto Chiclana.



Algo se dijo también

De una esquina y de un cuchillo;

Los años nos dejan ver

El entrevero y el brillo.



Quién sabe por qué razón

Me anda buscando ese nombre;

Me gustaría saber

Cómo habrá sido aquel hombre.



Alto lo veo y cabal,

Con el alma comedida,

Capaz de no alzar la voz

Y de jugarse la vida.



Nadie con paso más firme

Habrá pisado la tierra;

Nadie habrá habido como él

En el amor y en la guerra.



Sobre la huerta y el patio

Las torres de Balvanera

Y aquella muerte casual

En una esquina cualquiera.



No veo los rasgos. Veo,

Bajo el farol amarillo,

El choque de hombres o sombras

Y esa víbora, el cuchillo.



Acaso en aquel momento

En que le entraba la herida,

Pensó que a un varón le cuadra

No demorar la partida.



Sólo Dios puede saber

La laya fiel de aquel hombre;

Señores, yo estoy cantando

Lo que se cifra en el nombre.



Entre las cosas hay una

De la que no se arrepiente

Nadie en la tierra. Esa cosa

Es haber sido valiente.



Siempre el coraje es mejor,

La esperanza nunca es vana,

Vaya pues esta milonga

Para Jacinto Chiclana.

 JORGE LUIS BORGES

El eclipse de AUGUSTO MONTERROSO

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica, se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
- Si me matáis – les dijo -, puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

jueves, 24 de febrero de 2011

INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA

Nadie habrá dejado de observar que con frequencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situá un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de transladar de una planta baja a un primer piso. 
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie). 
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso. 
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JULIO CORTAZAR


Historia de famas y cronopios

Unos de los mejores cuentos que he leido en mi vida, se recomienda su lectura...

El evangelio según San Marcos

Jorge Luis Borges

El hecho sucedió en la estancia La Colorada, en el partido de Junín, hacia el sur, en los últimos días del mes de marzo de 1928. Su protagonista fue un estudiante de medicina, Baltasar Espinosa. Podemos definirlo por ahora como uno de tantos muchachos porteños, sin otros rasgos dignos de nota que esa facultad oratoria que le había hecho merecer más de un premio en el colegio inglés de Ramos Mejía y que una casi ilimitada bondad. No le gustaba discutir; prefería que el interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. Su abierta inteligencia era perezosa; a los treinta y tres años le faltaba rendir una materia para graduarse, la que más lo atraía. Su padre, que era librepensador, como todos los señores de su época, lo había instruido en la doctrina de Herbert Spencer, pero su madre, antes de un viaje a Montevideo, le pidió que todas las noches rezara el Padrenuestro e hiciera la señal de la cruz. A lo largo de los años no había quebrado nunca esa promesa. No carecía de coraje; una mañana había cambiado, con más indiferencia que ira, dos o tres puñetazos con un grupo de compañeros que querían forzarlo a participar en una huelga universitaria. Abundaba, por espíritu de aquiescencia, en opiniones o hábitos discutibles: el país le importaba menos que el riesgo de que en otras partes creyeran que usamos plumas; veneraba a Francia pero menospreciaba a los franceses; tenía en poco a los americanos, pero aprobaba el hecho de que hubiera rascacielos en Buenos Aires; creía que los gauchos de la llanura son mejores jinetes que los de las cuchillas o los cerros. Cuando Daniel, su primo, le propuso veranear en La Colorada, dijo inmediatamente que sí, no porque le gustara el campo sino por natural complacencia y porque no buscó razones válidas para decir que no.

El casco de la estancia era grande y un poco abandonado; las dependencias del capataz, que se llamaba Gutre, estaban muy cerca. Los Gutres eran tres: el padre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad. Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de caras aindiadas. Casi no hablaban. La mujer del capataz había muerto hace años.

Espinosa, en el campo, fue aprendiendo cosas que no sabía y que no sospechaba. Por ejemplo, que no hay que galopar cuando uno se está acercando a las casas y que nadie sale a andar a caballo sino para cumplir con una tarea. Con el tiempo llegaría a distinguir los pájaros por el grito.

A los pocos días, Daniel tuvo que ausentarse a la capital para cerrar una operación de animales. A lo sumo, el negocio le tomaría una semana. Espinosa, que ya estaba un poco harto de las bonnes fortunes de su primo y de su infatigable interés por las variaciones de la sastrería, prefirió quedarse en la estancia, con sus libros de texto. El calor apretaba y ni siquiera la noche traía un alivio. En el alba, los truenos lo despertaron. El viento zamarreaba las casuarinas. Espinosa oyó las primeras gotas y dio gracias a Dios. El aire frío vino de golpe. Esa tarde, el Salado se desbordó.

Al otro día, Baltasar Espinosa, mirando desde la galería los campos anegados, pensó que la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caballo o desde nuestra altura. La lluvia no cejaba; los Gutres, ayudados o incomodados por el pueblero, salvaron buena parte de la hacienda, aunque hubo muchos animales ahogados. Los caminos para llegar a La Colorada eran cuatro: a todos los cubrieron las aguas. Al tercer día, una gotera amenazó la casa del capataz; Espinosa les dio una habitación que quedaba en el fondo, al lado del galpón de las herramientas. La mudanza los fue acercando; comían juntos en el gran comedor. El diálogo resultaba difícil; los Gutres, que sabían tantas cosas en materia de campo, no sabían explicarlas, Una noche, Espinosa les preguntó si la gente guardaba algún recuerdo de los malones, cuando la comandancia estaba en Junín. Le dijeron que sí, pero lo mismo hubieran contestado a una pregunta sobre la ejecución de Carlos Primero. Espinosa recordó que su padre solía decir que casi todos los casos de longevidad. que se dan en el campo son casos de mala memoria o de un concepto vago de las fechas. Los gauchos suelen ignorar por igual el año en que nacieron y el nombre de quien los engendró.

En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del Shorthorn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una novela reciente: Don Segundo Sombra. Espinosa, para distraer de algún modo la sobremesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andanzas de otro. Dijo que ese trabajo era liviano, que llevaban siempre un carguero con todo lo que se precisa y que, de no haber sido tropero, no habría llegado nunca hasta la Laguna de Gómez, hasta el Bragado y hasta los campos de los Nuñez, en Chacabuco. En la cocina había una guitarra; los peones, antes de los hechos que narro, se sentaban en rueda; alguien la templaba y no llegaba nunca a tocar. Esto se llamaba una guitarreada.

Espinosa, que se había dejado crecer la barba, solía demorarse ante el espejo para mirar su cara cambiada y sonreía al pensar que en Buenos Aires aburriría a los muchachos con el relato de la inundación del Salado. Curiosamente, extrañaba lugares a los que no iba nunca y no iría: una esquina de la calle Cabrera en la que hay un buzón, unos leones de mampostería en un portón de la calle Jujuy, a unas cuadras del Once, un almacén con piso de baldosa que no sabía muy bien donde estaba. En cuanto a sus hermanos y a su padre, ya sabrían por Daniel que estaba aislado -la palabra, etimológicamente, era justa- por la creciente.

Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés. En las páginas finales los Guthrie -tal era su nombre genuino- habían dejado escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían cruzado con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el inglés; el castellano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa. Espinosa les habló de su hallazgo y casi no escucharon.

Hojeó el volumen y sus dedos lo abrieron en el comienzo del Evangelio según Marcos. Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo, decidió leerles ese texto después de la comida. Le sorprendió que lo escucharan con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de oro en la tapa le diera más autoridad. Lo llevan en la sangre, pensó. También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. Recordó las clases de elocución en Ramos Mejía y se ponía de pie para predicar las parábolas.

Los Gutres despachaban la carne asada y las sardinas para no demorar el Evangelio.
Una corderita que la muchacha mimaba y adornaba con una cintita celeste se lastimó con un alambrado de púa. Para parar la sangre, querían ponerle una telaraña; Espinosa la curó con unas pastillas. La gratitud que esa curación despertó no dejó de asombrarlo. Al principio, había desconfiado de los Gutres y había escondido en uno de sus libros los doscientos cuarenta pesos que llevaba consigo; ahora, ausente el patrón, él había tomado su lugar y daba órdenes tímidas, que eran inmediatamente acatadas. Los Gutres lo seguían por las piezas y por el corredor, como si anduvieran perdidos. Mientras leía, notó que le retiraban las migas que él había dejado sobre la mesa. Una tarde los sorprendió hablando de él con respeto y pocas palabras. Concluido el Evangelio según Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien. Espinosa sintió que eran como niños a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. Una noche soñó con el Diluvio, lo cual no es de extrañar; los martillazos de la fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos. En efecto, la lluvia, que había amainado, volvió a recrudecer. El frío era intenso. Le dijeron que el temporal había roto el techo del galpón de las herramientas y que iban a mostrárselo cuando estuvieran arregladas las vigas. Ya no era un forastero y todos lo trataban con atención y casi lo mimaban. A ninguno le gustaba el café, pero había siempre una tacita para él, que colmaban de azúcar.

El temporal ocurrió un martes. El jueves a la noche lo recordó un golpecito suave en la puerta que, por las dudas, él siempre cerraba con llave. Se levantó y abrió: era la muchacha. En la oscuridad no la vio, pero por los pasos notó que estaba descalza y después, en el lecho, que había venido desde el fondo, desnuda. No lo abrazó, no dijo una sola palabra; se tendió junto a él y estaba temblando. Era la primera vez que conocía a un hombre. Cuando se fue, no le dio un beso; Espinosa pensó que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Urgido por una íntima razón que no trató de averiguar, juró que en Buenos Aires no le contaría a nadie esa historia.

El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres. Espinosa, que era libre pensador pero que se vio obligado a justificar lo que les había leído, le contestó:

-Sí. Para salvar a todos del infierno.

Gutre le dijo entonces:

-¿Qué es el infierno?

-Un lugar bajo tierra donde las ánimas arderán y arderán.

-¿Y también se salvaron los que clavaron los clavos?

-Sí. -Replicó Espinosa cuya teología era incierta

Había temido que el capataz le exigiera cuentas de lo ocurrido anoche con su hija.

Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos.

Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño interrumpido por persistentes martillos y por vagas premoniciones. Hacia el atardecer se levantó y salió al corredor. Dijo como si pensara en voz alta:

-Las aguas están bajas. Ya falta poco.

-Ya falta poco -repitió Gutre, como un eco.

Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Cuando abrieron la puerta, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: Es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz. 

Jorge Luis Borges
El informe de Brodie (1970) 

AL DESPERTAR

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Que haré con el miedo
Que haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada

Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada

Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
O simplemente fue

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

Pero mis brazos insisten en abrazar el mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

Señor
Arroja los féretros de mi sangre                                                                                             

Recuerdo mi niñez                                                                                
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo


 ALEJANDRA PIZARNIK

                                                                              

miércoles, 16 de febrero de 2011

EL MAYOR GRITOS DE TODOS,        
                                          ES EL SILENCIO


jueves, 27 de enero de 2011

Palabras de Sancho Panzo: La Poesía

La poesía, señor Hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo extremo hermosa, a quién tiene cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y en ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pera esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quién la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio; hala de tener el que la tuviere a raya, no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera; si ya no fuere en poemas heróicos, en lamentables tragedias, o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en el número de vulgo; y así el que con los requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será famoso y estimado su nombre en todas las naciones políticas del mundo.


El ingenioso Hidalgo Don Quijote De La Mancha Parte 2 Cap XVI

lunes, 17 de enero de 2011

"COMO LA CIGARRA" Maria Elena Walsh

Tantas veces me mataron,
tantas veces me morí,
sin embargo estoy aquí
resucitando.
Gracias doy a la desgracia
y a la mano con puñal,
porque me mató tan mal,
y seguí cantando.
Cantando al sol,
como la cigarra,
después de un año
bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.
Tantas veces me borraron,
tantas desaparecí,
a mi propio entierro fui,
solo y llorando.
Hice un nudo del pañuelo,
pero me olvidé después
que no era la única vez
y seguí cantando.
Cantando al sol,
como la cigarra,
después de un año
bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.
Tantas veces te mataron,
tantas resucitarás
cuántas noches pasarás
desesperando.
Y a la hora del naufragio
y a la de la oscuridad
alguien te rescatará,
para ir cantando.
Cantando al sol,
como la cigarra,
después de un año
bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.




GRACIAS POR TANTAS PALABRAS, RECUERDOS, SENSACIONES, LAGRIMAS Y POR SOBRE TODO...  
           GRACIAS POR SEGUIR CANTANDO...
[laberinto.jpg]

domingo, 16 de enero de 2011

De Eva Nazar

eva dijo...

Muchas veces el coraje está dominado por el miedo, el mismo que anula a la razón y esclaviza a la libertad...
Yo.

miércoles, 5 de enero de 2011

Pensamientos...

       Los puentes de mi conciencia
están desplegados de sus extremos
y flotan en el aire tibio
como cosas dispersas

      unas tremendas manos vacías
sobresaltan mi soledad
haciéndola aún mas inexistente
pronunciando a tientas
las sucesivas muertes de mi alma
mi alma de jarrón

      hoy veo sólo la espuma
sobre la que retozan
los enternecidos desechos de mi esqueleto


                                   LUIS ALBERTO SPINETTA    
Si un hombre quiere estar seguro de la ruta que sigue tiene que cerrar los ojos y marchar en la oscuridad.
SAN JUAN DE LA CRUZ
La muerte de todo hombre me disminuye, porque yo soy parte de la humanidad.
No preguntes nunca por quién doblan las campanas: doblan por ti.    JOHN DONNE

Pensamientos...

“¿No es todo llorar un quejarse? ¿Y no es todo quejarse un acusar?” Así te dices, alma mía, y por eso prefieres sonreir a exteriorizar tu pena.      NIETZSCHE
Dos son las obras que dejan en pos de sí los hombres: una la obra en sí misma y la otra la imagen que del hombre se forman los demás.   JORGE LUIS BORGES
 Cuando no se tiene el coraje de vivir como se piensa, se termina por pensar como se vive.   
VICTORIA OCAMPO
Cuando la vida no le otorga a alguien el objeto de su felicidad éste se consuela pensando que había podido recibirlo.   SOREN KIERKEGAARD
Me parece justificadisimo que una mujer hermosa (cuya belleza ya es una continua felicidad) viva en continuo aniversario y veinticinco de mayo de esa belleza.     JORGE LUIS BORGES

La Libertad por Schopenhauer

-Son ahora las seis de la tarde, he acabado mi trabajo; ahora puedo irme a pasear, o al casino, o subir a una torre para ver la puesta del sol.
También puedo ir al teatro, o visitar a cualquier amigo, y hasta marcharme de la ciudad, irme por el mundo, y no volver nunca… Todo eso depende de mí, tengo libertad para obrar a mi antojo, pero no haré nada de eso, y me meteré voluntariamente en mi casa, donde me estaré con mi mujer.

Lo mismo es eso que si dijera el agua:
- Puedo levantarme ruidosamente en altas olas (sí, cuando la tempestad agita el mar), o bajar en precipitada carrera, atropellándolo todo a mi paso (sí, en el cauce de un torrente), o caer entre borbotones y espuma (sí, en un cascada), o elevarme por los aires, libre como un rayo (sí, en un surtidor) o evaporarme y desaparecer (sí, con 100 grados de calor): pues nada de eso haré, sino que por mi gusto permaneceré tranquila y límpida en un lago.
Como el agua no puede transformarse así más que cuando causas determinantes la llevan a uno u otro de esos estados, de igual modo no puede el hombre hacer lo que cree que está en su mano más que cuando ello le determinan motivos particulares. Hasta que intervenga una causa, no le es posible ningún acto; pero cuando obran éstas sobre él, debe, lo mismo que el agua, hacer lo que exijan las circunstancias correspondientes a cada caso.
Su error, y en general la ilusión procedente de la falsa interpretación del testimonio de la conciencia, de que en un instante dado puede hacer lo que le parezca, se basa, mirándolo despacio, en el hecho de que su imaginación no puede hacer presente más que una imagen a la vez, la cual, cuando se le parece, excluye a las demás. Si se representa ahora el motivo de una de esas acciones propuestas como posibles, nota inmediatamente la influencia de ella sobre su voluntad, solicitada por dicho motivo; el término técnico para designar ese movimiento es veleidad. Pero cree que puede transformar esa veleidad en volición, es decir, llevar a cabo la acción que considera en la actualidad, y en eso consiste su ilusión. Porque en cuanto la reflexión intervenga y traiga a su memoria los motivos que influyen en él en diversos sentidos, o los motivos contrarios, verá que no puede realizar tal acción.
Mientras los motivos que se excluyen mutuamente se suceden así ante su espíritu, con el perpetuo acompañamiento de la afirmación interior –puedo hacer lo que quiera-, muévese la voluntad como una veleta en un soporte bien engrasado cuando varía el viento: gira en dirección a cada motivo que la imaginación le representa; todas las posibilidades influyen sucesivamente en ella y cada vez cree el hombre que está en su mano querer tal o cual cosa, y dejar a la veleta fija en tal o cual postura, lo cual es pura ilusión. Porque su afirmación –puedo querer esto- es realmente hipotética, y debe complementarla, añadiendo: -si no prefiero lo otro-. Y esta restricción basta por sí sola para invalidar la hipótesis de un poder absoluto del yo sobre la voluntad.

El amor y otras pasiones: La libertad. Arthur Schopenhauer, Ed. El Ateneo

Mozart, eternidad y belleza


En las pequeñas ciudades y pueblos del Tirol, Salzkammergut y Carintia, donde los espíritus del Norte y del Sur se han mezclado durante tantos miles de años, viven unas gentes que no son ni italianos ni a alemanes, sino una curiosa mezcla de ambas razas. Su idioma, sus modales, sus costumbres, toda su perspectiva de la vida son diferentes de los de sus vecinos. Han desarrollado un arte propio. Sus iglesias, sin tener en cuenta la época en que fueron construidas, tienen un carácter tan típico de aquellos valles, que, una vez que se han visto, nunca se olvidan. Sus pintores locales han descubierto un modo de decorar casas y muebles con dibujos que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo. Cada pueblo y cada ciudad tienen un mercado rodeado de algunas tiendas, una botica, una vieja posada. En medio de la plaza del mercado se alza una fuente que proporciona al lugar su agua potable, agua pura de los arroyos de las montañas vecinas.
Todos los mejores esfuerzos de los escultores y de los herreros se han concentrado en aquella fuente pública, que está generalmente rematada por una imagen de la Virgen y el Niño Jesús, los dos esculpidos sin la austeridad que fue tan típica de los antiguos góticos. Desde por la mañana temprano, hasta bien avanzada la noche, la plaza es el centro de la vida comunal. Los chalanes llegan para dar de beber a sus caballerías. Mozas y mozos se reúnen para llenar sus cántaros. Pero hasta cuando no hay nadie allí, el alegre sonido argentino del agua, corriendo con tan generosa abundancia, llena aquella menuda plaza del mercado de una profunda sensación de seguridad terrenal y de bienestar espiritual. Allí no hay bullicio. Las montañas de blancas cimas conservan al resto del mundo a una distancia prudencial, y el sentimiento reinante es el de la armonía y de la paz, y la tranquila y feliz aceptación de cualquier destino que el señor, con su sabiduría, quiera dispensar a sus amantes hijos.
La música de Mozart es como el agua que brota de esas gratas fuentes. Empezó en algún lugar, entre las cimas lejanas de las montañas circundantes. Se precipitó hacia abajo, entre los bosques y los prados de las viejas colinas familiares. Luego se la recogió en la mano. Fue domada; se la modeló para que pudiera convertirse en una bendición para toda la humanidad, en un manantial de inspiración y de eterno goce para aquellos que no han olvidado la risa y los sencillos placeres de los días de su infancia.

H.W. Van Loon "Las Artes", Lmiracle editor Pag. 587-588

martes, 4 de enero de 2011










SABIAS QUE...


Lewis Carrol autor de Alicia en el País de las Maravillas era el seudónimo del matemático reverendo Charles Lutwidges Dodgson quién, a pesar de no ser muy brillante en esta ciencia exacta, enseño durante veintisiete años en Oxford. Al unir la matemática a su gran poder creativo, este poeta demostró que, cuando la capacidad es rica, dos caminos tan opuestos como la fantasía y la matemática se encuentran dentro de una mente creativa y sana y pueden trasmitir a los hombre grandes contenidos de conocimientos

SABIAS QUE...

Hasta el principio de la era Cristiana, el budismo indio había dado un arte lleno de encanto, pues había sido inspirado por el animalismo eterno de la India. Sin embargo, ninguno de los artistas de las escuelas de escultura propiamente indias había osado hacer figurar la imagen de Buda, pareciéndose en esto a los musulmanes que tampoco representan a las de Alá o Mahoma. Indudablemente, había en esto algo más que una cuestión de respeto, pues resultaba lógico que se viera una contradicción en el querer resucitar por medio de la imagen a aquel que había sido definitivamente =nirvanado=, es decir, =despersonalizado=. Así pues, en las escenas de su vida se reemplazaba la imagen de Buda por cierto número de símbolos convencionales. Pero cuando el helenismo se hubo implantado en el oeste de la India, primero bajo los reyes griegos sucesores de Alejandro el Grande en dichas regiones y después bajo los reyes indoescitas, sucesores de los reyes griegos, que eran a su vez netamente helenizantes, los puntos de vista cambiaron. Los griegos convertidos al budismo experimentaron la necesidad de representar realmente a Buda, así modelado en los albores de nuestra era, en la región de Pechaver, o sea el antiguo Gandhara, fue un Apolo al que se habían añadido las características rituales: el punto de sabiduría entre los dos ojos, el alargamiento del lóbulo de las orejas (debido a los pesados pendientes llevados por Buda cuando era príncipe) y , finalmente, el rodete del turbante de moños que, al prescindirse de este tocado, se convirtió en una protuberancia craneana.
Tales son los budas griegos, de perfil simplemente apolíneo y ropaje sencillamente helénico, que han vuelto a la luz del sol en centenares de excavaciones practicadas en la antigua Ghandara, y más al oeste, entre Pechaver y Cabul, en Hadda (los últimos abundantemente representados en el museo Guimet). Y fue este mismo tipo de Buda el que se transmitió de siglo en siglo y fue extendiéndose a través del Asia central hasta la china y el Japón, dando origen a los innumerables Budas de Extremo Oriente. Como es natural, durante este inmenso viaje a través del espacio y del tiempo, el tipo griego original se fue modificando y acabó por achinarse; pero aun en este caso conservará a menudo en sus modificaciones sucesivas, en la rectitud del perfil y en la disposición de los vestidos, el lejano recuerdo de sus orígenes helénicos. 
Historia de China Cap. Revelación del Budismo, Pag. 79-80 René Grousset

Enviado por Eva

Vosotros miráis hacia arriba cuando buscáis elevación, yo miro hacia abajo, porque estoy elevado. Decidme, ¿quién de vosotros puede reír y a la vez estar elevado? El que asciende a las más altas montañas se ríe de todas las tragedias: de las del teatro y de las de la vida.

lunes, 3 de enero de 2011

domingo, 2 de enero de 2011

Temor y Temblor de Soren Kierkegaard

El joven Tobías desea desposar a Sara, hija de Raquel y Edna. Pero la joven vive en una triste fatalidad. Ella ha sido dada a siete esposos, todos los cuales han perecido en la cámara nupcial. Para mí, éste es el punto débil del relato, porque el efecto cómico es casi inevitable si se piensa en las siete vanas tentativas de matrimonio de una joven siete veces casi al borde del éxito; sería como el estudiante que está puesto sobre otro punto; de allí el recurso al número elevado de siete tentativas con su aporte trágico; porque la nobleza del joven Tobías es tanto más grande cuanto por una parte es hijo único (6,15) y por otra un motivo tan grande de temor se impone a él. Es menester por consiguiente apartar este dato. Sara es entonces una joven que jamás ha amado, aun conserva la felicidad de la muchacha que en cierto modo es su precioso titulo de prioridad en la vida, su “Carta de crédito a la felicidad”: ella ama a un hombre con todo su corazón. Sin embargo es la más desgraciada de todas las jóvenes porque, ella lo sabe, el malvado demonio prendado de ella quiere matar a su novio la noche de bodas. He leído muchas historias tristes, pero dudo que haya habido en alguna parte una tristeza comparable a la de la vida de esta jovencita. Sin embargo, si la desgracia viene de fuera puede hallarse algún consuelo. Cuando la vida no le otorga a alguien el objeto de su felicidad éste se consuela pensando que había podido recibirlo. ¡Pero la insondable tristeza que el tiempo jamás podrá disipar o curar, esa tristeza de saber que no hay auxilio aunque la vida lo colme de favores! Un autor griego oculta un mundo de pensamientos en estas palabras tan simples y tan ingenuas: “Pues nadie ha escapado ni escapará jamás al amor, en tanto exista belleza y ojos para ver” (Longi Pastoralia, Prólogo,4). Muchas jóvenes han sido desgraciadas en el amor, pero llegaron a serlo; Sara lo fue antes de llegar a serlo. Es muy duro no tener a quien poder entregarse, pero es indecidiblemente duro no poder entregarse. Una joven se da y entonces se dice que ella ya no es más libre; pero Sara jamás fue libre, aunque ella jamás se dio. Pero Sara fue engañada antes de haberse dado. ¡Qué mundo de tristezas no hay en perspectiva cuando Tobías quiere a todo trance desposarla a Sara! ¡Qué ceremonias! ¡Qué preparativos! Ninguna joven fue engañada como Sara; porque ella viose arrebatar la felicidad suprema, la absoluta riqueza que es dote aun de la más pobre, se vio privada del don de sí misma, al cual uno se abandona con una confianza inagotable, sin límites, desenfrenada, porque fue menester ante todo hacer subir el humo colocando el corazón y el hígado del pescado sobre carbones ardientes (Tobías, cap. 8). Y cúal no será la separación de la madre del lado de su hija cuando ésta, defraudada en todo, debe todavía como consecuencia privarla de su más bella esperanza. Léase el relato. Edna ha preparado la cámara nupcial; hacia allí conduce a Sara y llora y recoge las lágrimas de su hija. “! Valor, hija mía!, le dice “!Que el señor del cielo y de la tierra trueque esta tristeza en alegría! ¡Valor hija mía! y léase todavía el relato del instante del desposorio, si las lágrimas no nublan ya la vista: “mas cuando los dos encontráronse solos, Tobías abandonó el lecho y dijo: ¡Levántate, hermana mía! y roguemos al señor tenga piedad de nosotros” (8.4)
Si un poeta leyese esta historia y se inspirase en ella, apuesto cien contra uno a que pondría todo el acento sobre el joven Tobías. Vería un hermoso tema en este heroísmo donde se arriesga la vida en un tan evidente peligro que la historia recuerda una vez más cuando a la mañana siguiente de la boda Raquel dice a Edna: “Envía una sierva para ver si está vivo, con el fin de que, si ha muerto yo lo entierre, y nadie sepa nada” (8.13). Me permito, sin embargo, proponer otra cosa. Para un caballero de corazón bien templado templado Tobías obra valerosamente y quien no tiene ese valor es un poltrón tan ignorante del amor como de su condición de hombre; no sabe qué vale la pena de ser vivido; tampoco ha comprendido el pequeño misterio de que es mejor dar que recibir; no tiene ninguna idea de la grandeza de este pensamiento; que es mucho más difícil recibir que dar, bien entendido, cuando se ha tenido el valor de aceptar la privación sin llegar a perder el coraje en el instante de la angustia. No; la heroína de este drama es Sara. Es a ella a quien quiero aproximarme como jamás me he acercado a una joven, o como jamás he tenido en mi espíritu la tentación de llegar a aquellas cuya historia he leído. Pues ¡qué amor hacia Dios no es menester para querer dejarse curar cuando de tal modo se ha caído desde un principio en desgracia sin haber faltado, cuando se es desde el primer momento en ejemplar malogrado de la humanidad! ¡Qué madurez moral no es necesaria para asumir la responsabilidad de permitir al ser amado semejante esfuerzo! ¡Qué humildad frente al próximo! ¡Qué fe en Dios para no odiar en el instante siguiente a aquel a quien debe todo! Pág. 115-118.